Cuando un niño comienza a leer, desde fuera puede parecer que está realizando una tarea relativamente sencilla: reconocer una letra, unirla con otra, formar una sílaba y finalmente pronunciar una palabra. Sin embargo, detrás de ese acto aparentemente elemental ocurre una actividad mental extraordinariamente compleja. El niño observa, discrimina, compara, relaciona sonidos y grafías, recuerda información, anticipa significados, comprueba sus hipótesis e integra lo leído con aquello que ya conoce.
Por ello, aprender a leer y escribir no debería entenderse únicamente como la adquisición de una técnica escolar. La lectoescritura constituye uno de los procesos mediante los cuales la persona reorganiza su manera de percibir, pensar y comunicar el mundo.
Esta perspectiva plantea una pregunta que considero particularmente importante: ¿qué ocurre en la mente de un niño mientras aprende a leer y escribir?
De escuchar palabras a descubrir un sistema
Antes de ingresar a la escuela, el niño ya utiliza el lenguaje de una manera extraordinariamente compleja. Comprende mensajes, formula preguntas, narra experiencias y comunica deseos. Sin embargo, la escritura introduce un nuevo desafío: descubrir que aquello que escucha puede representarse mediante signos gráficos.
El niño tiene que comprender progresivamente que una palabra como mamá no es solamente algo que puede escuchar y pronunciar. También puede separarla en unidades sonoras, reconocer que comienza con determinado sonido y descubrir que ese sonido puede representarse mediante una letra.
Aquí aparece uno de los aprendizajes fundamentales de los primeros años escolares: el principio alfabético.
La investigación sobre adquisición de la lectura ha mostrado la importancia de que los niños desarrollen conciencia sobre los sonidos del lenguaje y comprendan sus relaciones con las grafías. La conciencia fonológica, y especialmente la capacidad de identificar y manipular sonidos, mantiene una estrecha relación con el aprendizaje inicial de la lectura y la escritura.
Pero el niño no aprende simplemente almacenando asociaciones.
Tiene que descubrir relaciones.
Cuando observa palabras como mamá, mesa y mano, puede advertir que existe algo que permanece. Escucha, compara y finalmente identifica una regularidad: las tres palabras comienzan con un sonido semejante que puede representarse mediante la letra m.
En ese pequeño descubrimiento están funcionando varias operaciones mentales.
Las operaciones mentales detrás de la lectura
Tradicionalmente, la enseñanza inicial de la lectura ha prestado mucha atención a letras, sílabas y palabras. Todo ello es necesario. Sin embargo, resulta igualmente importante observar las operaciones cognitivas que el niño realiza para comprender esas relaciones.
Consideremos algunas de ellas.
Cuando distingue una m de una n, realiza una comparación.
Cuando agrupa palabras que comienzan con el mismo sonido, realiza una clasificación.
Cuando descubre que las letras m y a pueden combinarse para formar ma, establece una relación.
Cuando encuentra una palabra que nunca había leído, pero utiliza lo aprendido para intentar descifrarla, realiza una inferencia.
Cuando separa una palabra en sílabas o sonidos, realiza un análisis.
Cuando vuelve a integrar esas unidades y reconstruye la palabra completa, realiza una síntesis.
Y cuando anticipa qué palabra podría aparecer en una oración y luego comprueba si su predicción era correcta, realiza una predicción y verificación.
Así, detrás de una actividad aparentemente sencilla como leer una palabra existe una red de operaciones cognitivas.
Esta observación tiene consecuencias pedagógicas importantes. Si queremos comprender cómo aprende un niño, quizás no sea suficiente preguntarnos únicamente qué contenido está aprendiendo, sino también qué operaciones mentales está utilizando para aprenderlo.
Esta cuestión conecta directamente con una interrogante más amplia: ¿existen determinadas operaciones mentales fundamentales que participan transversalmente en distintos aprendizajes escolares?
La lectura ofrece un campo especialmente interesante para estudiar esta posibilidad.
Leer una palabra nueva: una pequeña investigación
Hay un momento especialmente valioso en el aprendizaje lector: cuando el niño consigue leer por primera vez una palabra que nadie le ha enseñado directamente.
Imaginemos que ya conoce determinadas correspondencias entre sonidos y letras. De pronto encuentra una palabra nueva.
La observa.
La segmenta.
Reconoce algunas grafías.
Recupera sonidos conocidos.
Los combina.
Formula mentalmente una posible pronunciación.
Y finalmente comprueba si la palabra obtenida tiene sentido.
Ese proceso se parece sorprendentemente a una pequeña investigación.
El niño dispone de evidencias, utiliza conocimientos previos, formula una posible respuesta y verifica el resultado.
Por eso considero que la transferencia debería ocupar un lugar importante en la enseñanza de la lectoescritura. Un estudiante no demuestra plenamente que ha comprendido una relación al repetir únicamente las palabras con las que fue enseñado. La comprensión comienza a hacerse visible cuando puede utilizar lo aprendido frente a una situación nueva.
La investigación sobre reconocimiento de palabras ha explicado que el aprendizaje lector implica formar conexiones estables entre la ortografía, la pronunciación y el significado de las palabras. Ehri denomina a este proceso mapeo ortográfico: mediante las relaciones entre grafemas y fonemas, determinadas palabras terminan consolidándose en la memoria y pueden reconocerse progresivamente con mayor automatización.
De este modo, el niño pasa gradualmente de una lectura esforzada a una lectura cada vez más fluida.
Pero la automatización no constituye el final del proceso.
Leer no termina cuando podemos pronunciar las palabras
Existe el riesgo de reducir la lectura inicial a la correcta decodificación de palabras. En el extremo contrario, también sería problemático minimizar la importancia del dominio del código escrito.
Ambos componentes son necesarios.
Una revisión amplia de la investigación sobre adquisición de la lectura muestra precisamente que el aprendizaje lector comienza con el dominio progresivo del sistema alfabético, pero debe avanzar hacia el reconocimiento fluido de palabras y la comprensión de textos.
El objetivo último de la lectura no es pronunciar sonidos.
Es construir significado.
Cuando un niño lee:
La planta necesita agua.
No basta con que articule correctamente cada palabra. Puede preguntarse qué necesita una planta, relacionar la oración con una experiencia previa, anticipar qué ocurriría si no recibiera agua y explicar por qué debemos cuidarla.
En ese momento, la lectura activa nuevamente operaciones como relación, inferencia, predicción y argumentación.
La lectura se convierte entonces en pensamiento.
De la lectura al pensamiento y del pensamiento a la transformación
Aquí aparece una dimensión todavía más profunda.
Leer introduce al ser humano en mundos que no necesariamente ha experimentado directamente.
Un niño puede conocer animales que nunca ha visto, comprender acontecimientos que sucedieron siglos antes de su nacimiento o imaginar la vida de una persona completamente diferente de él.
La escritura realiza el movimiento complementario.
Permite convertir pensamientos interiores en algo visible y comunicable.
Una idea que inicialmente existe solamente en la mente puede convertirse en palabra, oración, relato, pregunta o argumento.
Por eso la alfabetización transforma la relación de la persona con el conocimiento.
El niño deja de depender únicamente de aquello que alguien le dice en el momento presente. Puede recuperar conocimientos registrados por otras personas, comparar fuentes, releer una idea, cuestionarla y producir una respuesta propia.
Leer y escribir amplían, por tanto, las posibilidades de pensamiento.
Y con ello también amplían las posibilidades de transformación personal.
Enseñar a leer es enseñar a descubrir
Desde esta perspectiva, la enseñanza inicial de la lectoescritura debería mantener un equilibrio.
El niño necesita una enseñanza sistemática que le permita comprender progresivamente el funcionamiento del código escrito. Pero también necesita oportunidades para observar, preguntar, comparar, descubrir, comprobar y comunicar.
No deberíamos obligarlo a elegir entre comprender y decodificar.
Necesita ambas cosas.
Tampoco deberíamos confundir una enseñanza sistemática con una enseñanza mecánica.
Enseñar explícitamente que determinados sonidos se representan mediante determinadas grafías no significa convertir al niño en un repetidor de sílabas. Al contrario, ese conocimiento puede proporcionarle herramientas para descubrir por sí mismo palabras que nunca le fueron enseñadas.
Una secuencia pedagógica podría comenzar con una experiencia significativa: observar una imagen, conversar, nombrar una realidad, segmentar una palabra, escuchar sus sonidos, descubrir una relación entre sonido y grafía, combinarla con otras letras y finalmente utilizar ese conocimiento para leer algo nuevo.
En ese recorrido, el estudiante no es un receptor pasivo.
Es un aprendiz que investiga el sistema escrito.
Una pregunta que permanece abierta
Mientras trabajo sobre estos temas, cada vez encuentro más razones para pensar que las competencias escolares no funcionan como compartimentos aislados.
Leer, escribir, resolver problemas matemáticos, investigar científicamente o explicar un fenómeno requieren contenidos diferentes, pero quizá comparten determinadas operaciones mentales fundamentales.
- Observamos.
- Comparamos.
- Relacionamos.
- Clasificamos.
- Inferimos.
- Analizamos.
- Sintetizamos.
- Argumentamos.
Y utilizamos estas operaciones una y otra vez para comprender realidades diferentes.
Si esto es así, estudiar la lectoescritura puede ayudarnos a comprender algo mucho más amplio: cómo aprende la persona.
Tal vez por eso aprender a leer representa uno de los momentos más importantes de la escolaridad.
El niño no está simplemente aprendiendo letras.
Está descubriendo que los sonidos pueden convertirse en signos, que los signos pueden convertirse en palabras y que las palabras pueden contener ideas.
Y, poco a poco, descubre algo aún más importante:
que también puede utilizar esas palabras para comprender el mundo, expresar lo que piensa y transformar su manera de relacionarse con él.
Referencias
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